¿Carreola o carriola?

Hace algunos años, acompañé a una amiga a comprar un regalo para su sobrino recién nacido. En cierta tienda departamental, entre accesorios para bebé, presencié la siguiente escena:

—Señorita ¿me puede mostrar esa carreola roja, por favor?

—Claro que sí, con mucho gusto. Es la única que nos queda de este modelo.

—Ah, no. Yo quiero una en caja cerrada, no la de exhibición.

—Nos llegaron nuevos modelos. Hay carriolas de varios tamaños, en colores muy modernos, con telas que se pueden lavar con facilidad y tienen piezas desmontables. Son mejores que la que le gustó. ¿Quiere que se las muestre?

—Sí, muchas gracias.

Mientras caminábamos hacia los otros modelos, mi amiga me dijo en voz muy baja.

—Yo creo que si su trabajo es vender carreolas, por lo menos debería pronunciar bien. ¿Te fijaste? ¡Dice carriolas!

Por supuesto que lo noté. El comentario de mi amiga me dejó en silencio.

Muchos dudamos entre una palabra y otra; a veces las dos opciones son correctas, como fútbol y futbol, pero en ocasiones, solamente una es hija reconocida de la lengua española. Hay quienes prefieren la forma espuria porque creen que la otra está mal dicha.

Dos palabras parecidas. ¿Cuál es la que debemos usar?

La ultracorrección es un fenómeno lingüístico que consiste en una tendencia a modificar las palabras correctas.

Las palabras o la frase están bien, y a algunos hablantes les parece que algo falta o sobra. Los ultracorrectos intentan corregir lo que no necesita ningún cambio. Se ponen creativos y “arreglan la palabra” que para ellos suena mal.

La ultracorrección es hija de la creencia y la ignorancia. Puede surgir, entre otras razones, por una interpretación errónea de los elementos fónicos o morfológicos o por una actitud de rechazo a ciertos sonidos.1

Una -s que no es plural

Hay palabras que suelen ser nombradas en plural aunque al decirlas no nos estemos refiriendo a varias cosas a la vez. Tenemos pinzas, tijeras, viandas, pantalones. En esos casos la –s ha perdido su función de plural.2

Si alguien te dice “préstame tus tijeras” ¿cuántas tijeras prestas?

Si alguien dice “me voy a poner unos pantalones y una camiseta” ¿cuántos pantalones se va a poner? Solamente que haga mucho frío entenderías que se va a poner varios, uno encima de otro; pero en general, sabrías que se refiere a una sola prenda.

Palabras como tenis y análisis sufren modificaciones porque terminan en -s, y algunas personas creen que la -s final en esos casos es un plural.Por lo tanto, si sólo se refieren a un elemento, piensan que deben decir:

un teni

un análisi

Cuando escucho algo como “se me perdió un teni” o “me tienen que hacer un análisi de sangre”, en lugar de sentir empatía ante esas vicisitudes, por lo general me da un poco de risa. Perdón.

¿Cómo se dice, marcapaso o marcapasos? Ambas formas son correctas y son calco del inglés pacemaker.

 

Autoevaluación

Si eres de los que dice “transgiversar” porque tergiversar no te suena a una mala interpretación de los sucesos, es que eres ultracorrecto.

Si dices “endulcorante” porque te suena a que viene de endulzar, eres ultracorrecto. Es edulcorante, del latín edulcorare.

Si la vida se te va en “acompletar” en lugar de completar, tienes un problema. Es completar y hay otras actividades por hacer.

Eres ultracorrecto si insistes en que no se dice vaso de agua, sino “vaso con agua”. Si alegas que los vasos no están hechos de agua, por favor, júrame que dices “plato con sopa”, “copa con vino”, “botella con vino”, “caballito con tequila”, “cucharada con azúcar”, “vaso con refresco” y “taza con café”. La preposición de tiene muchos significados; además de material con el que está hecho algo, de también designa lo contenido en algo.

Ultracorrección por rechazo a ciertos sonidos

Los hablantes de español le tenemos horror a algunas combinaciones de sonidos. No faltan las burlas cuando alguien pronuncia “tiatro”, en lugar de teatro, o “peliar” en lugar de pelearCambiar la e por i es una de las características del habla descuidada. Por eso, a mi amiga le causó cierto repelús escuchar carriola.

La combinación de i con otra vocal se llama diptongo.5 Por miedo a que las palabras estén mal pronunciadas, algunos hablantes harán cambios para deshacer el diptongo. Aquí enlisto algunos casos:

CORRECTO

INCORRECTO

carriola

carreola

diadema

deadema

sarampión

sarampeón

poliomielitis

poliomelitis

pionero

peonero

falacia

falacea

rociar

rocear

descarriado

descarreado

vaciar

vacear

rumiar

rumear

En cuanto a miar y mear, ambas son correctas. Miar hace referencia al sonido que hacen los gatos, o sea, maullar. http://lema.rae.es/drae/?val=miar

En cambio, mear significa orinar. Si vas a decir que huele a “miados”, piénsalo dos veces, porque estarías diciendo que hay olor a maullidos, y a no ser que el gato tenga un serio problema bucal, los maullidos no huelen.

Variar y varear pueden decirse dependiendo del significado. Varear es golpear con una vara; variar es modificar, cambiar, hacer que algo sea diferente.

Otro sonido que causa pánico lingüístico es [k] en algunas secuencias consonánticas. Hay gente que se mofa de quienes dicen “Pecsi” en lugar de Pepsi, “concecto” en vez de concepto o “cactar” para captar. Por eso cuando se trata de hacer referencia a la acción de sacar por la boca el gas acumulado en el estómago dicen “eruptar”. ¿Qué crees? La forma correcta es eructar.

Hay palabras que no caen en la ultracorrección. Criatura y creatura son igualmente aceptables y derivan del latín creatura.

Final feliz

Mi amiga ya sabe que se debe decir carriola. También aprendió a decir trasplante y que “transplante” es incorrecto.

1 El reanálisis morfológico es un tema que trataré con más detalle en otra ocasión. Aquí solo comentaré algunos casos.

2 Este proceso se llama lexicalización. La -s no funciona como plural. Los diminutivos también pueden ocasionar lexicalizaciones, por ejemplo, al decir carnitas de cerdo, los hablantes no piensan en unas carnes pequeñas, sino en una fritura de la carne. La palabra juguete es una lexicalización del diminutivo de juego.

3 En este caso se trata de un reanálisis o reinterpretación de la –s final, que es entendida como plural aunque no lo sea.

4 http://lema.rae.es/drae/?val=-ero

5 Los diptongos también se forman con combinaciones de u con otras vocales.

La primera medalla

Si te gusta andar en bici o en moto, estar frente a la compu, ver una peli en la tele, tomar fotos, vas al súper y festejas tu cumple, es porque te comes la última parte de las palabras.

El resultado de eliminar los sonidos finales de una palabra se llama apócope. Quizá la más común en español es “pa” en lugar de para. Cuando la supresión es al principio se llama aféresis; por ejemplo, decir “tonces” en lugar de entonces. Si se quitan sonidos en el interior de la palabra surgen las síncopas, como “pus” en lugar de pues.

La pérdida de consonantes y vocales en la pronunciación de algunas palabras ha dado origen a nuevas voces. La evolución del latín al español no solo se dio por elisiones fonéticas, sino también por insertar o cambiar sonidos.

¿Es aceptable usar apócopes?

Sí, siempre y cuando no abuses; escuchar a alguien que recorta casi todo lo que dice puede resultar chocante.

Se tiende a apocopar las palabras usadas con cierta frecuencia. Además de las apócopes ya mencionadas, se suele decir, por ejemplo:

cel-teléfono celular

refri-refrigerador

conge-congelador

micro-horno de microondas

pape-papelería

tinto-tintorería

prepa-preparatoria

secu-secundaria

biblio-biblioteca

mate-matemáticas

fin, finde-fin de semana

gas-gasolinera

 

También hay apócopes entre los adverbios:

tan-tanto

cuán-cuanto

recién-recientemente

muy-mucho

Otro tipo de palabras que se apocopan son algunos adjetivos como:

algún-alguno

ningún-ninguno

cualquier-cualquiera

buen-bueno

gran-grande

mal-malo

san-santo

La palabra santo junto a un nombre se usa solamente para santo Domingo, santo Tomás, santo Tomé, santo Tobías y santo Toribio; todos los demás santos, llevan el apócope san.

 

Primer, primera

En temporadas de juegos olímpicos, o de entregas de premios de cine, podemos escuchar frases como “la primer medalla”, “la primer estatuilla”, “la primer película”. Lo correcto es la primera medalla, la primera estatuilla y la primera película.

Las apócopes de primero y tercero, es decir, primer y tercer, solamente deben usarse con palabras de género masculino.

¿Qué tal la errata en el encabezado de esta nota?

http://www.excelsior.com.mx/adrenalina/2014/08/05/974628

Es común encontrar esa falta de concordancia de género junto a las palabras película, experiencia, canción, novia, mujer, imagen, foto.

Espero que después de leer esto, siempre recuerdes que se dice la primera película, la primera experiencia, la primera canción, la primera mujer, la primera imagen, la primera foto.

Cuando escucho a alguien decir “la primer vez”, aunque me esté contando sus aventuras eróticas, pierde mi atención durante varios segundos.

Apócopes para dirigirse a otros

En ciertos contextos, funcionan como dispositivos de cortesía. Usarlas para dirigirse a alguien, reduce la distancia social entre los interlocutores y genera un ambiente de confianza o incluso de afecto. Es el caso de profe, lic, seño, ma, pa, inge, poli, doc [1], etcétera.

Sin embargo, te recomiendo que seas cuidadoso al llamar a tus superiores con una apócope, ya que puede resultar contraproducente; hay gente a la que no le agrada ese tratamiento confianzudo y en lugar de estrechar el vínculo, podrías estar cavando un hoyo.

Los nombres propios también suelen apocoparse, por ejemplo:

Tere-Teresa

Dani-Daniel o Daniela

Cris-Cristina o Cristian

Guille-Guillermo o Guillermina

Santi-Santiago

Los nombres dan sorpresas

La biblioteca de una escuela donde yo trabajaba era atendida por un chico al que casi todos llamábamos Gil. Un día, mientras yo estaba consultando unos libros, la secretaria de la dirección llegó muy alterada porque se había perdido un diccionario:

—Y en este momento, Gilberto, te pones a buscar en cada estante —dijo casi gritándole. La sala de lectura era pequeña, se podía escuchar todo y los que estábamos ahí nos incomodamos por la manera en que esta mujer alzaba la voz.

—Sí, voy a buscarlo, pero déjame explicarte algo —le contestó Gil.

—No quiero explicaciones, Gilberto, quiero resultados. Tiene que aparecer hoy y es tu responsabilidad.

—De acuerdo, pero es que…

—Ya, Gilberto, menos palabras y más acciones. No me muevo de aquí hasta que no empieces a buscar.

—No me digas Gilberto.

—No me gusta decirte “Gil”, ni siquiera somos amigos —aclaró ella en forma grosera.

—Bueno, entonces dime Gildardo, que así es como me llamo.

El silencio cortó de golpe la escena. La secretaria no supo qué hacer con su altanería y mucho menos con su estupidez. Dos alumnos y yo tuvimos que salir corriendo de la biblioteca porque no podíamos aguantar las carcajadas. Después de eso, durante un buen tiempo, la secre fue conocida como “la gilipollas”.


[1] Si el español no es tu lengua materna, te aclaro que estas son las apócopes de profesor, licenciado, señora, mamá, papá, ingeniero, policía, doctor.

Arena para gato aglutinante

Hace un año, un querido amigo confesó:

—Yo conocí Huatulco cuando era virgen.

—¿Quién era virgen? ¿Huatulco o tú? —le pregunté con picardía.

Nuestras carcajadas no permitían que nos diera una respuesta.

Después precisó que se refería a las bahías. Por el tipo de aclaración, no faltó quién le preguntara:

—Ah, entonces ¿no eras virgen cuando fuiste a Huatulco?

No sé cómo logró salir del brete en que lo metimos, solo recuerdo que nos reímos mucho y que las palabras de mi amigo y su visita a Huatulco son un perfecto ejemplo para explicar qué es una anfibología.

Las anfibologías o ambigüedades semánticas se producen cuando el orden y el significado de las palabras en una frase tienen un doble sentido; pueden dar origen a un chiste o a un malentendido.

Si todos se ríen, no hay problema; pero si lo que se dice es confuso, la comunicación habrá fracasado. La ambigüedad es uno de los errores de redacción más frecuentes.

El doble significado en el ejemplo de mi amigo es originado por el verbo “era”, porque  puede corresponder al pronombre “yo” y a “Huatulco”. Nadie se hubiera reído si él hubiera dicho algo como lo siguiente:

Yo conocí Huatulco cuando las bahías eran vírgenes.

Huatulco era virgen cuando fui por primera vez.

Seis propuestas para evitar las anfibologías

El sentido de tus mensajes puede salvarse con esta pequeña guía.

1. ¿Te gusta añadir adjetivos a tus frases? Pon el adjetivo junto al sustantivo que quieres adornar, porque si hay más palabras alrededor, en realidad estarás adjetivando el sustantivo equivocado. Ejemplos reales:

“Arena para gato biodegradable”, seguramente los gatos son biodegradables, pero suena macabro decirlo; lo correcto es arena biodegradable para gato.

“Arena para gato aglutinante”, si tu gato es de los que tiene la insana costumbre de aglutinarse, cómprala.

“Departamento de soltero ideal”… ¿Cómo son los solteros ideales?

“Leche de vaca fresca”, ¿cómo sabe uno si la vaca está fresca o no?

2.  La preposición de se usa para definir cualidades y debe colocarse inmediatamente después del sustantivo que quieres describir. De este modo, evitarás la ambigüedad que se produce en frases como “rebozo para señora de seda”, “cuentos para niños de terror” y “salida para empleados de emergencia”.

3. Los posesivos su y sus desatan con facilidad la ambigüedad semántica cuando al hablar o al escribir hacemos referencia a terceras personas. Si el posesivo está al final de la oración puede tener alcance sobre todos los sustantivos mencionados con anterioridad:

Anacleto apuñaló a Sigfrido en su casa.

¿De quién es la casa donde se cometió el delito, de Anacleto o de Sigfrido?

Si solamente tuviéramos la información contenida en la oración anterior, no habría manera de saber la respuesta.

Para aclarar el sentido, lo mejor es colocar entre comas el posesivo a la mitad de la oración:

Anacleto, en su casa, apuñaló a Sigfrido.

Una anfibología divertida es la que se genera cuando la gente se habla de usted. Hace poco, mi marido le llamó por teléfono a un amigo. Contestó la secretaria.

—¿Está por ahí el doctor Escamilla? —preguntó mi marido

—No, doctor, no está, salió con su esposa —explicó ella.

—¿Con mi esposa?

—No, no, doctor, con la suya.

—¿Con la mía?

La secretaria estaba preocupada por la posible confusión. Alfredo y yo nos seguimos riendo con la anécdota.

4. Los gerundios son muy traicioneros. Si están mal usados producen un efecto dominó y arruinan el sentido de la oración. Observa:

Vi a mi amiga bajando del taxi.

¿Quién iba bajando del taxi, mi amiga o yo? Evitar los gerundios te va a librar del mal.

Es más fácil y más claro decir: “Vi a mi amiga cuando bajé del taxi”.

5. Cuando das información sobre momentos, lugares o circunstancias en que se desarrolla una acción, y descuidas el orden en el que acomodas los elementos de la oración, corres el riesgo de crear una anfibología:

El señor murió dos meses después de que se casó su hija, en Yucatán.

¿El señor murió en Yucatán o la hija se casó en Yucatán?

Para que no haya duda, coloca los circunstanciales junto a la acción que quieres especificar:

El señor murió en Yucatán dos meses después de que se casó su hija.

El significado cambia si el orden de las palabras no es el adecuado:

David le insistía a Sonia que él no se drogaba continuamente.

David le insistía continuamente a Sonia que él no se drogaba.

6. Las palabras con varios significados (polisémicas) son la vía más rápida para producir una anfibología. Algunas palabras adquieren connotaciones vulgares al combinarse con otras en determinados contextos. Nadie que yo conozca se atrevería a preguntar al empleado de una tienda:

—Disculpe ¿tiene huevos?

Sólo y solo

El adverbio sólo perdió el acento obligatorio tras las recientes reformas de la ortografía. Ahora únicamente debemos escribirlo cuando el contexto sea ambiguo, anfibológico, como en el siguiente ejemplo:

Habló solo una hora.

Si lo que se quiere decir es que la persona habló para sí durante una hora, lo correcto es “habló solo una hora”.

En cambio, si lo que se quiere decir es que la persona solamente pudo hablar durante una hora, lo correcto es: “habló sólo una hora”.

Un consejo…

Si lees o escuchas algo que te parezca extraño, no te cierres al único significado que conozcas; tal vez lo que te quisieron decir es distinto a lo que entendiste.

El sábado invitamos a cenar a nuestros amigos Rosángel Vargas y Ángel Almarza. El plan era combinar algo típico de su país, Venezuela, con un guiso mexicano. Inventamos las arepas de chilorio.

Antes de la cita, Ángel le escribió a Alfredo algo así como: “Llegamos a las 8. Llevamos un acompañante…”

Durante un buen rato, Alfredo se preguntó quién sería el “acompañante”. Después de analizar una y otra vez el mensaje, se me ocurrió una posibilidad:

—¿No se estará refiriendo a algo de comer para acompañar las arepas?

Y sí, el acompañante resultó ser un delicioso mojito maracucho, o sea, un platillo venezolano.

Por eso dicen que es difícil hablar el español:

http://www.youtube.com/watch?v=Xyp7xt-ygy0

Azúcar

Para José G. Moreno de Alba

A veces, la señora Leo me atrapa con sus frases. En ocasiones, siento que yo debería aprender a tejer para sacar mi estambre y hacer bufandas mientras la escucho. Es divertida. No solamente por las historias que relata, que son de otra dimensión, sino por la forma en que lo hace. A ratos me alburea, y yo me doy cuenta medio minuto después, cuando termino de analizar la manera en que estructura los enunciados.

Hay palabras que me activan el modo lingüista de manera inmediata. Azúcar es una de ellas.

Hace algunos meses, cuando entré a la cocina para rectificar el sabor de una salsa, Leo me dijo:

—Todavía no le pongo la azúcar. —Sonreí. Me preguntó por qué me reía. —No se burle, ahorita se la pongo ¿o usted le pone? —Yo estaba procesando cómo había dicho la azúcar cuando su risa me hizo saber que había sido víctima, otra vez, de sus juegos de palabras. Más que en la albureada, me dejó pensando durante un rato en la azúcar.

Recientemente, me empezó a contar de alguien:

Hace poco, me contaba de un pariente suyo:

—Se ha estado sintiendo mal y le van a hacer análisis, para ver si no tiene alta el azúcar.

La azúcar, el azúcar… ¿Se puede decir de las dos maneras?

La regla del artículo el junto a un sustantivo femenino: el agua

¿Por qué decimos “el agua” y no “la agua”?

El artículo femenino la tiene su origen en el latín illa (pronunciado ila, con una /l/ larga). Al evolucionar se convirtió en ela y en los orígenes de la lengua española había una vacilación entre illa, ela, ell y all. Ela fue imponiéndose.

Sucedió que ela empezó a perder la [e] si la palabra siguiente comenzaba con consonante: ela culpa> la culpa

Y comenzó a perder la [a] cuando la palabra comenzaba con vocal:

ela otra> el otra; ela espada>el espada

Entre los siglos XVI y XVII únicamente se usaba el antes de palabras que comenzaban con vocal /a/ (el arena, el altura), pero sobre todo, si se trataba de /a/ acentuada: el agua, el águila.

Actualmente, salvo en algunas excepciones, la regla indica que solamente debemos cambiar el artículo la por el junto a un sustantivo femenino que comience con [a] tónica (esté o no escrito el acento, lo que importa es la sílaba acentuada), ya sea que se escriba a- o ha-

Por ejemplo:

el alma

el agua

el águila

el arma

el hada

el hacha

el haba

el hambre

el área

el aula

el ama de casa

La regla indica que el artículo el  debe usarse únicamente junto a un femenino que inicia con /a/ tónica; por lo tanto, no son admisibles las siguientes formas:

*el arena

*el autoestima

*el agüita

*el harina

¿Por qué? Porque la /a/ con la que comienzan esas palabras no es tónica: en arena la tónica es la /e/; en autoestima, agüita y harina, es la /i/.

¿Cuáles son las excepciones a esta regla?

Los nombres de las letras a hache se deben usar con el adjetivo la:

La hache es muda.

Se permite usar la para señalar el femenino de algunos sustantivos, ya que solo a través del artículo se puede saber si se habla de un hombre o una mujer:

La árabe.

En ciudades o países se prefiere el uso de la:

La Austria católica.

                                                La Ámsterdam de Ana.

También se permite el uso de la antes de nombres femeninos aunque empiecen con /a/ tónica:

La Águeda, la Ana, la Alma, la Ángela.

El Diccionario panhispánico de dudas indica que es aceptable decir la árbitra.

Cosas que dice la gente

En mx.answers.yahoo encontré algo muy divertido. Hace varios años,  a alguien se le ocurrió preguntar:

“¿Se dice ‘la arena’ o ‘el arena´? ¿Cuál es la regla? Por ejemplo, sabemos que se dice ‘el águila’, ¿cuál es la diferencia?”

Algunas respuestas son hilarantes.  Aquí va una muestra de las joyas de la sabiduría popular:

“Se dice ‘el arena’, pero ya se ha hecho tan común decir ‘la arena’ que creo que no nos suena mal y en mi diccionario aparece como ‘la arena’, así que según parece es correcto ‘la arena’ pero es una excepción a la regla.”

La respuesta anterior cabalga entre como puede que sí como puede que no, o la verdad, quién sabe. Hay otras muy graciosas, pero la explicación que más me divierte es la siguiente:

“el artículo para la palabra arena es la. es femenino y en cuanto a el águila.., que no sé porqué lo asociaste,…….., a la mayoría de los animales, incluyendo al ser humano!, al hombre! se los nombran en masculino.

el mono

el elefante

el oso

y para diferenciar el sexo se aclara: macho o hembra y si quieres saber más en google hay más de 700 páginas sobre el tema.”

Quiero imaginar, pero no puedo, a la persona que escribió eso (firma como “Dani baum”). Empezó muy bien, respondiendo categóricamente que lo correcto es la arena. Pero la explicación de los animales es bestial. Según la lógica de ese neófito ¿qué hacemos con la ballena, la iguana, la jirafa, la cebra, la rana, la abeja, la avispa…?

Entonces ¿es “el azúcar” o “la azúcar”?

Es correcto de las dos maneras, porque azúcar es una palabra ambigua (puede ser femenina o masculina). Con azúcar lo importante es que trates de hacer concordar los adjetivos que usas para azúcar con el género del artículo. Es decir, son aceptables:

El azúcar moreno

La azúcar morena

El azúcar mascabado

La azúcar mascabada

El azúcar refinado

La azúcar refinada

El azúcar blanco

La azúcar blanca

Pero son incorrectas las frases:

*El azúcar morena

*La azúcar blanco

*El azúcar mascabada

*La azúcar mascabado

*El azúcar refinada

*La azúcar refinado

*El azúcar blanca

*La azúcar blanco

El sentido del deber: ¿debes de ser o debes ser?

—Tú debes ser la nueva profesora —me dijo después de decirme su nombre y me dejó pensando en cómo era posible que esa persona enseñara español a extranjeros. Asentí y dejé que me explicara algunas reglas.

—Lo primero a lo que debes de apegarte, es al factor tiempo. Aquí un minuto es un minuto, y una hora, una hora.

“Pues qué curioso”, pensé “todos los minutos son y duran lo mismo en todo el mundo, igual que las horas. Qué mujer tan tautológica”.

—O sea, lo que te quiero decir es que si la clase es de once a doce, debes de empezar a las once y terminar a las doce.

—De acuerdo.

—Mira, —me enseñó unas fotocopias —yo hice un manual de español para la escuela y es el material que debes de usar.

—¿No puedo usar otro?

—No, éste es el que manejamos aquí.

No acepté el trabajo; no estaba dispuesta a “manejar” un manual de español hecho por alguien que usa al revés el deber y el deber de.

El verbo deber como auxiliar

Cuando el verbo deber se usa como auxiliar, puede tener dos sentidos:

  1. Obligación, sugerencia, consejo, mandato.
  2. Suposición, posibilidad, conjetura.

Para lograr la diferencia es necesario tener muy claro qué quieres decir y añadir o quitar la preposición de, según sea el caso.

Relájate; mientras hablas puedes decir las burradas que quieras porque no queda registro exacto de lo que dices, a no ser que estés dando una entrevista para la radio o la televisión o estés frente a un lingüista y te esté analizando o grabando para sus investigaciones.

Sin embargo, cuando dejas algo por escrito y usas equivocadamente las construcciones donde aparece el verbo deber, estás cometiendo un error de redacción. Te invito a evitarlo.

Si le estás escribiendo a tu pareja, tal vez no haya problema, pero si eres tuitero y tienes muchos seguidores o eres bloguero y te expones a miles de ojos, o por asuntos de trabajo tienes que enviar mensajes, cartas, oficios, o hacer la minuta de una reunión, o eres reportero, traductor, profesor, o estás escribiendo un trabajo de investigación, lo ideal es que tengas muy clara la diferencia entre la obligación y la suposición. Cuando tus palabras son leídas, siéntete con la responsabilidad de propagar el conocimiento. Redacta apropiadamente para que quienes te lean aprendan de ti. Recuerda aquello de que “la mala redacción y la mala ortografía son enfermedades de transmisión textual; protégete y protege a tus lectores.”

Observa las dos oraciones siguientes y piensa qué significa cada una:

Debo tener un botiquín en mi casa.

Debo de tener un botiquín en mi casa.

Ahora, imagina que le estás explicando a alguien que el requisito para que no te cobren comisiones en una cuenta de inversión es que siempre tengas un saldo mínimo de cien dólares.

¿Cuál sería la forma adecuada de decirlo?

  1. Y para que no te cobren, debes tener cien dólares en la cuenta.
  2. Y para que no te cobren, debes de tener cien dólares en la cuenta.

¿Cuándo se usa deber?

Para que deber tenga un sentido de obligatoriedad, mandato, consejo o sugerencia no debes usar la preposición de.

Así, el ejemplo “debo tener un botiquín en mi casa” significa que es necesario que lo tengas; es lo idóneo, es una especie de consejo que te das para tener ciertas precauciones en el entorno doméstico.

Ahora que conoces la regla, observa lo que me dijo la mujer de la academia de idiomas en la que no quise trabajar:

“Lo primero a lo que debes de apegarte, es al factor tiempo.”

Su mensaje tenía una intención de mandato, por lo tanto, lo correcto en ese contexto es “debes apegarte”, sin la preposición de.

Me aconsejó que fuera puntual para empezar la clase y terminarla:

debes de empezar a las once y terminar a las doce”

Tenía que haberme dicho “debes empezar…”.

También me explicó que era obligatorio usar el manual de español que ella escribió:

“es el material que debes de usar

Otra vez la preposición de metida donde no va… ¿ahora entiendes por qué me negué a usar su manual de español?

¿Cuándo se usa deber de?

El ejemplo “Debo de tener un botiquín en mi casa” quiere decir que no estás seguro de si lo tienes o no. Tal vez sí; recuerdas que alguien te regaló uno o lo compraste y aunque no lo has visto, está por allí.

El verbo deber conjugado, más la preposición de, más un verbo en infinitivo[1] (debes de ser, estar, tener, venir, ir, etc.), significa posibilidad, falta de certeza ante algo. Por ejemplo:

El niño no ha venido a clase, debe de estar enfermo.

No se tiene seguridad acerca de la razón por la cual el niño ha estado ausente en clase, por lo tanto, se sospecha que quizá su salud ha desmejorado. Como no se sabe si en realidad es así, la construcción correcta es “debe de estar enfermo”.

Al decirme “tú debes ser la nueva profesora”, la autora de ese manual de español que yo no quise usar, me estaba dando una orden. Era como si me estuviera asignando el papel de la nueva profesora en una obra de teatro o en una película. Nunca nos habíamos visto, pero como me encontró en la sala de maestros, esperando a la directora, y como sabía que estaban a punto de contratar a alguien, intuyó que yo era el nuevo elemento.

Dado que el uso de deber para expresar una suposición lleva la preposición de, la mujer tenía que haberme dicho:

debes de ser la nueva profesora.

Siempre me ha llamado la atención que en algunas ocasiones para hacer énfasis en lo que uno tiene la obligación de hacer, la gente te recalque la preposición de, como si escuchándola uno se sintiera más forzado a actuar.

Eso me pasó un día en las oficinas del SAT.

—Nunca he pedido una cita para asesoría fiscal —le dije a la chica que me atendió, y ella, tras mirarme con ojos de “ay, qué barbaridad”, torcer la boca para demostrarme su desaprobación y levantar las cejas, me dijo muy convencida.

—Pues deberías de.

No me atreví a explicarle que con que me dijera “deberías” era suficiente.

En este momento ya debes de tener claro (es una posibilidad, no tengo la certeza, pero lo supongo) que la respuesta correcta en el ejercicio de cómo explicar lo de la cuenta de banco es “debes tener cien dólares”.

No te preocupes, ya no te vas a equivocar. Además, no eres la única persona que se confunde con las perífrasis verbales de deber.

¿No me crees? Haz una búsqueda simple en internet de “no debes de” y verás que encuentras varios errores.


[1] Estas construcciones se llaman perífrasis verbales. En ellas se conjuntan un verbo conjugado y otro en forma impersonal. Las formas impersonales en español son el infinitivo, el gerundio y el participio.

De poca madre

Antonio vino de vacaciones a México. En Cancún conoció el bikini de una mexicana; después conoció más allá del bikini y se perdió en ella. Diez días de romance bastaron para que él volviera a Madrid solo para anunciar que se iría a vivir con Mónica a la ciudad de México. Al llegar al aeropuerto, después de intercambiar besos, Antonio le dio a su novia un dije acorazonado que tenía las iniciales de ambos.

Mónica gritó:

—Está poca madre, amor. Me encanta. Gracias mil.

Se subieron al coche. Circularon por el Viaducto, llegaron a Insurgentes y un taxista le cerró el paso a Mónica. Ella gritó:

—¡Qué poca madre!

Tras escucharla, Antonio empezó a dudar si el corazón de plata le había gustado o no a Mónica y se preguntó “¿qué significa poca madre? ¿es bueno o es malo?”. Ya había escuchado lo de “me vale madres” y “hasta la madre”, pero esa tarde se encontró de frente con la poca madre.

¿Qué es mejor? ¿Tener un poco de algo o no tener nada?

Depende de qué se trate. Por ejemplo, si son adversidades, se prefiere no tenerlas. Si es dinero, la cantidad que sea, siempre viene bien. Tratándose de la madre, para mí, es preferible tenerla. Madre no es un sustantivo mesurable y aun así, hemos sido capaces de acuñar la frase “poca madre”. Recuerdo que cuando era niña, mi abuela materna siempre nos decía “ustedes tienen mucha abuela y mucha madre” y yo no entendía lo que ella quería decir, porque yo las veía bajitas. Incluso, me acuerdo que alguna vez, llegué a decirle a mi abue que yo tenía más papá que mamá. No di explicaciones; no tuve tiempo. Yo lo que quería decir era que mi papá era mucho más alto, y por eso era más. Mi abue entendió otra cosa y me dio un discurso épico sobre todo lo que mi mamá hacía (y hace) por mí, y que no iba a permitir que yo empezara a comparar a mis padres. Por supuesto, me quedó claro que mi abuela y yo hablábamos de asuntos diferentes. Quizá a partir de ahí me dediqué más a escucharla que a decirle cosas.

En el español mexicano de uso popular puede observarse con frecuencia la aparición de la palabra madre en diversas construcciones. Son frases etiquetadas en los diccionarios como de uso coloquial, vulgar y malsonante. La combinación de las palabras, el contexto, y la entonación son esenciales para que madre tenga connotaciones positivas o negativas.

Si te dicen que tienes poca madre, te están insultando. Si te dicen que te ves poca madre, te están alabando. Si algo está con madre, significa que es maravilloso.

Si te dicen que algo no tiene madre (“tu coche no tiene madre”), aunque sea una frase malsonante, es buenísimo, porque conlleva una intención de enaltecer el objeto del que se habla. Sin embargo, decir “no tienes madre” a manera de piropo, sería una estupidez y una invitación a la violencia, porque decirle a alguien “no tienes madre” significaría anunciarle su repentina orfandad o acusarlo de ser una persona sinvergüenza. Si algo no tiene madre es magnífico; si alguien no tiene madre, una de dos, o es huérfano o su conducta es reprobable.

El uso mexicano de madre en el diccionario

El Diccionario de la lengua Española de la Real Academia Española(RAE) define madre con varias acepciones y al final señala las siguientes formas complejasusadas en México:

a toda ~.

1. loc. adj. vulg. Méx. estupendo. U. t. c. loc. adv.

estar alguien hasta la ~.

1. loc. verb. coloq. malson. Méx. Estar harto.

importar a alguien ~ algo.

1. loc. verb. coloq. malson. Méx. No importarle.

ni ~.

expr. coloq. malson. Méx. nada (‖ ninguna cosa).

no tener alguien ~, o ni ~.

1. locs. verbs. coloqs. malsons. Cuba y Méx. Ser un sinvergüenza u observar conducta censurable.

partirse alguien la ~.

1. loc. verb. coloq. malson. Méx. Darse un golpe muy fuerte.

qué poca ~.

1. loc. interj. coloq. malson. Méx. U. para expresar enojo o disgusto por una acción de alguien.

En las formas complejas anteriores, llama la atención “importar a alguien madre algo”. La verdad es que los mexicanos no solemos decir “me importa madre”. Sonaría rarísimo. Decimos tal vez “me importa un bledo, me importa un pepino, me importa un rábano, me importa un comino”. La palabra madre, para expresar que algo no nos importa, se combina con valer y las frases son “me vale madre” o “me vale madres”.

Estar hasta la madre, por los datos que he podido encontrar en distintas fuentes, parece que significó primero estar borracho o drogado. Las novelas mexicanas de los años sesenta y setenta que he consultado, contienen “hasta la madre” solamente para describir un exceso en el consumo de sustancias embrutecedoras. En los documentos de los ochenta es cuando empieza a aparecer la frase “hasta la madre” para significar hartazgo y límite de tolerancia.

Observamos que el diccionario asienta que alguien no tiene madre es censurar la conducta sinvergüenza, pero no se describe que la misma frase referida a una cosa, puede tratarse de un halago.

Partirse alguien la madre, no es solamente darse un golpe muy fuerte, como se lee en el diccionario. El significado de esa construcción se ha extendido, se ha convertido en metáfora y también quiere decir ‘empeñarse en lograr un objetivo’. Se dice partirse o romperse, por ejemplo “me parto la madre todos los días para tener con qué mantener a la familia”. Claro que si quien dice algo como lo anterior y se dedica al box o a la lucha libre, lo de partirse la madre es real y no metafórico. Por otra parte, también es común escuchar que alguien le partió la madre a alguien, lo cual, creo, no tengo que explicar.

El Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua señala algunos usos no registrados en el diccionario de la RAE:

madre. F. Pop/coloq/vulg. Cosa insignificante o inútil: “En el intercambio me dieron una madre que no sirve para nada”. 2. Objeto cuyo nombre o función se desconoce u olvida: “Pásame esa madre con la que se aprietan los tornillos”. a toda~. Loc. adj. Supran. Referido a alguien o algo, muy bueno, magnífico: “El Sope es a toda madre, siempre puedes contar con él”. U. t. c. loc. Adv. Hasta la~. Loc. adj. Pop/coloq/vulg. Referido a alguien, harto, fastidiado: “Estoy hasta la madre de trabajar los domingos”. 2. Referido a un lugar, repleto: “El estacionamiento está hasta la madre, hay que buscar otro sitio”. 3. Referido a alguien, totalmente ebrio o drogado “Juan se puso hasta la madre en la fiesta”. (…) ni ~. Loc. sust. pop/coloq/vulg. Nada, ni madres: “No encontré ni madre en la cocina”. ¡a la ~! Loc. interj. pop/coloq/vulg. Se usa para rechazar algo: “¡A la madre!, yo no voy a lavar el escusado”. ¡en la ~! Loc. interj. pop/coloq/vulg. Expresa diversos estados de ánimo, especialmente sorpresa y enfado “En la madre!, se me olvidó el dinero en la casa”. ¡pa’ su ~! Loc. interj. pop/coloq/vulg. Se usa para expresar sorpresa o contrariedad: “Pa’ su madre!, Santa Fe queda hasta casi la chingada”.

Este diccionario también hace referencia a madres como interjección enfática: “¡ni madres!, ni pienses que voy a ayudarte en eso” y como interjección de sorpresa ante algo negativo: “¡Madres!, volvió a subir el precio de la gasolina”.

Los diccionarios siempre son material en construcción, se van enriqueciendo con el tiempo y con el uso de la lengua. Hay algunas frases que por frecuencia de uso ya deberían estar registradas en algún diccionario:

Ponerle o darle en la madre a algo o a alguien: Echar a perder, dañar, golpear “por estar de grosero le pusieron en la madre” o “quise arreglar la cafetera y le di en la madre”.

Valer madres: Arruinarse una situación o cosa o persona. Por ejemplo: “Ya valí madres en la quiniela”.

Ir hecho la madre: Ir a gran velocidad.

¿Cómo llegamos a esto?

No sé cuándo empezamos a jugar con la palabra madre. Hay un documento de Miguel Hidalgo en el que invita a la población novohispana a “poner a los gachupines en su madre patria”. Después de las matanzas de Guanajuato, Valladolid y Guadalajara, creo que queda claro a qué se refería.

Las películas mexicanas del cine de oro tienen diálogos con eufemismos de “a toda madre” (‘estupendo, genial’), como a todo dar y a toda máquina. Guido Gómez de Silva en el Diccionario Breve de Mexicanismos también menciona como sinónimos eufemísticos a todo mecate, y a todo meter. Hace mucho que no escucho eso, o las frases a todas margaritas y a todas márgaras. Sospecho que la construcción a toda madre está siendo sustituida por de poca madre en algunos contextos.

La palabra madre puede estar inserta en una frase que describa la cúspide de lo maravilloso o la misma nada. No sé bien cómo llegamos a esa revoltura de significados. Si tienes alguna idea, por favor, compártela.


Consultado en www.rae.es el 29 de junio de 2014.

Las formas complejas son series de palabras que al combinarse con otras adquieren un significado distinto al de la palabra que define el diccionario.

“Vuelvo a insistir”

Hace muchísimos años, tuve un noviecito que me ponía de mal humor porque su manera de hablar era silvestre. Duramos casi un mes y en ese tiempo, descubrí mi intolerancia al uso incorrecto del español. De él solamente recuerdo su nombre y dos oraciones con las que me desencantó para siempre:

1. “Fuimos Raúl, su mamá de Raúl y yo”.

2. “Y nos quedamos despiertos el sábado para amanecer domingo”.

Las dijo de manera consecutiva. Él siguió hablando y yo fingí que aún le ponía atención. No podía dejar de pensar en lo que escuché. ¿”Su” mamá de Raúl? ¿Es posible que sea sábado y amanezca otro día que no sea domingo? ¿Acaso no era más fácil y menos torpe decir “y nos quedamos despiertos toda la noche”?

Terminamos unos días después y lo último que le oí decir fue “no eres tú, soy yo”. Y tenía razón: era él, y yo no podía aguantarlo.

Posesivo redundante

Este título suena a pesadilla para una mujer, pero no me refiero a ningún hombre con esas características. Es solo una etiqueta para explicar un tipo de redundancia.

No debemos confundir pleonasmo con redundancia. Son conceptos distintos.

El pleonasmo es considerado un recurso textual o conversacional y consiste en la repetición de palabras con la finalidad de aclarar ideas o reforzar la intención del mensaje. Por ejemplo: “tengo ganas de hablar, de decir, de contar, de expresarme.”

En cambio, una redundancia es una repetición que denota descuido y hasta sandez por parte del hablante, es un exceso de palabras, o una mala elección de las mismas, de tal manera que algunas son innecesarias, como decir, por ejemplo, “subir para arriba”.

El chico aquel que me contó de “su mamá de Raúl” había quebrantado las reglas gramaticales de la lengua española al decir el posesivo “su” en la misma frase donde había una preposición “de”, la cual sirve para indicar al poseedor.

La duplicación de posesivo es un tipo de redundancia, es decir, es una construcción repetitiva.

Esto no solo sucede con el posesivo su, aunque es verdad que el su redundante es el que puede ser detectado con mayor facilidad.

La redundancia también se presenta con los posesivos mi y tu, aunque en construcciones distintas. Así, la gente va por la vida anunciándonos sus achaques y escuchamos quejas como:

—Me duele mi cabeza.

—Me corté mi dedo.

Aquí, hay que aplicar la cura distractora. Para sacar al quejoso durante unos segundos de sus males, conviene recetarle frases como las siguientes:

—¿Te puede doler una cabeza que no sea la tuya?

—Qué bueno que el dedo que te cortaste es tuyo.

El dolor no se le va a quitar, pero durante un instante, se concentrará en pensar en lo que dijo. Con un poco de suerte, la próxima vez dirá “me duele la cabeza”.

En cuanto a la repetición viciosa del posesivo tu, me ha tocado escuchar a las mamás cuando preguntan a sus bebés:

—¿Te pegaste en tu piecito?

—¿Te duele tu pancita?

Y claro, los niños repiten lo que escuchan, y si lo que se repite no se analiza y se dice sin pensar (como generalmente sucede), cada vez serán más los niños que al crecer le cuenten a su novia anécdotas donde aparezca “su mamá de Raúl”.

Si algún día alguien te dice “pues ráscate con tus propias uñas”, por favor, contesta:

—Si son mías, es que son propias. Ve a redundarle a tu mamá.

Más casos redundantes

Algunas redundancias se expresan como una frase ya hecha, y en ocasiones, de tanto usarlas o escucharlas, ya no parecen extrañas, a no ser que sean obvias, como la ya mencionada “subir para arriba”.

Casi todos nos hemos reído alguna vez al escuchar que alguien baja para abajo, sale para afuera, se orilla a la orilla o entra para adentro. Sin embargo, hay algunas redundancias menos evidentes cuya frecuencia de uso se nota cada vez más:

“pedacito chiquito”

“chico joven” 

“divisas extranjeras”

“hemorragia de sangre”

“heces fecales”

“lapso de tiempo”

“constelación de estrellas”

“en mi opinión personal”

“yo, personalmente, considero que…”

“prever con anticipación”

“medidas de prevención para evitar”

“pero sin embargo”

“releer otra vez”

“erradicar totalmente”

“reafirmar de nuevo”

“extraer del interior”

“conclusiones finales”

“vuelvo a repetir”

“vuelvo a insistir”

“vuelvo a reiterar”

Los meses, los días

Construcciones como “durante el mes de marzo” o “el próximo mes de diciembre” son redundantes. Marzo y diciembre solamente son meses, así que basta con decir “durante marzo” o “el próximo diciembre”.

Lo mismo sucede con lunes, martes, miércoles, jueves, viernes… ¿Para qué decir “los días lunes y martes”? Con decir “lunes y martes”, se entiende que se trata de los días.

Redundancia ripiosa

Un ripio es una palabra innecesaria que se usa para completar un verso o para lograr la rima.

Las redundancias ripiosas se encuentran frecuentemente en las canciones. A manera de ejemplo, cito unos versos de Fernando Delgadillo, que nos regala un a ti redundante:

“Estos puños que tiemblan de rabia

cuando estás contenta

y que tiemblan de muerte

si alguien se te acercara a ti.

Nadie se salva

Mario Vargas Llosa tiene un cuento titulado “Día domingo”; tal vez, debido a que Domingo puede ser un nombre, el autor quiso evitar la confusión. Aun así, me parece redundante.

Y aquí entre nos, el Diccionario de la Lengua Española también tiene lo suyo. Consulta la definición de la palabra pendejada en www.rae.es y me cuentas qué encontraste en la tercera acepción… A eso le llamo una infeliz coincidencia.

“Hasta que te conocí…”

Hasta es una preposición que a veces usamos para significar una distancia inexacta pero muy lejana:

“Uy, eso está hasta por donde da la vuelta el aire.”

“Vive hasta por allá por donde Dios perdió una chancla.”

“Mmmmta, eso está hasta la casa de la fregada.”

En ocasiones, hasta funciona como un incluso, y sirve para hacer referencia a una situación que uno no se esperaba que sucediera. Indica que algo o alguien rebasó sus propias fronteras:

“Ahora sí me pasé; con decirte que hasta saqué a bailar a mi jefe.”

“Todos fueron a la fiesta; hasta la vieja más cortada de la oficina fue.”

“Si es así de fácil, hasta yo me animo.”

En todos los ejemplos anteriores hasta implica un límite, el fin de algo, de un tiempo, de una acción, de una distancia. Nos queda más claro que hasta significa ‘límite’ cuando alguien nos dice:

“Ya me tienes hasta el gorro.”

“Estoy hasta las narices.”

“Ya estoy hasta el copete.”

“Ya me tienes hasta la coronilla.”

Gorro, narices, copete, coronilla, todas estas palabras indican un límite de nuestro terreno corporal. En el español mexicano, el límite más evidente lo tenemos en algunas oraciones que llevan la palabra madre. Pronto escribiré acerca de madre, pero por ahora bastan dos ejemplos para señalar que hasta y madre son la combinación más excelsa para significar que algo ya rebasó todos los límites.

“Me tienes hasta la madre.”

“Estoy hasta la madre.”

Y si algún lugar está lleno de gente y ya no cabe más, decimos “está hasta su madre”, lo cual también aplica para describir a alguien que se ha excedido en el consumo de alcohol.

¿Estamos de acuerdo en que hasta significa ‘límite’, verdad? Sin embargo, en México, en Ecuador y en algunos países de Centroamérica, la palabra hasta puede significar ‘inicio’, ‘principio de algo’, ‘desde’, ‘a partir de’. Si un mexicano está hablando, por ejemplo, con un argentino o con un español, y tiene la infeliz ocurrencia de usar hasta con significado de ‘inicio’, va a haber problemas. Un día, un argentino que vive en México me contó que cuando llegó a este país, no entendió nada el día que en una tintorería le dijeron:

“Cerramos hasta las nueve.”

Para un mexicano lo anterior significa que la tintorería cierra a las nueve, o desde las nueve. En cambio, para alguien que no sea mexicano, significa que la tintorería permanece cerrada y la abren a las nueve.

Vamos con otro ejemplo mexicano:

“Hoy voy a salir de la oficina hasta las cuatro.”

Los mexicanos entendemos que la persona sale de la oficina a partir de las cuatro.

La gente de otro país entiende que la persona va a estar fuera, y a las cuatro volverá a la oficina.

Hace tiempo, en Madrid, mi marido y yo fuimos con Juan Luis, un buen amigo madrileño, a un bar donde sirven pinchos, que son una especie de botanas variadas o entradas para picar; en México, los llamaríamos bocadillos. Los hay fríos y calientes. Al ordenarlos, sucedió más o menos lo siguiente:

—¿Me pones tres pinchos calientes?— Pidió Juan Luis al chico que atendía la barra.

—Los pinchos calientes se sirven hasta las ocho, —respondió el empleado.

—Bueno, pues son las siete y media. Todavía podemos pedirlos, —insistió nuestro amigo.

—No, los calientes hasta las ocho.

—Pues eso, no han dado las ocho; queremos pinchos calientes.

El diálogo pudo haber continuado pero terminó cuando le expliqué a Juan Luis que el empleado quería decir que en cuanto dieran las ocho, empezarían a servir los pinchos calientes. Comenzamos entonces una pequeña discusión. Según nuestro amigo, el empleado no se había expresado bien. Le comenté que el chico de la barra no era español, que por su acento, parecía ecuatoriano y que en Ecuador, al igual que en México, la preposición hasta además de ‘fin o límite’ puede significar ‘inicio’.

Hace tiempo, yo protagonicé una confusión similar.

Era la hora de la comida, aproximadamente las 3 de la tarde. Mi marido, nuestra amiga Ena y yo, íbamos en el coche, y queríamos ir a un restaurante italiano, pero teníamos duda acerca de si el lugar al que planeábamos ir estaba abierto o no. Activé el altavoz del teléfono y llamé para preguntar por el horario.

—Trattoria della Casa Nuova— me contestó una voz masculina.

—Buenas tardes. Disculpe ¿abren hoy para la comida?

—Sí, pero está abierto hasta las seis y media.

—Ah, bueno, entonces vamos para allá ¿me puede preparar una mesa para tres, por favor?

—Sí, claro, con mucho gusto ¿para cuándo y a qué hora?

Me pregunté qué parte de “vamos para allá” no había entendido el hombre, y respondí con mayor énfasis.

—Para hoy, por favor. Estamos ahí en cinco minutos.

—No, pero todavía no abrimos— me dijo el hombre en un tono que implicaba un “¡cómo es usted mensa, de veras!”. —Le digo que abrimos hasta las seis y media.

Tuve muchas ganas de reclamarle y decirle:

“¿Entonces por qué me dice que sí abren para la comida? A ver, señor ¿qué entiende usted por ‘la comida’? ¿la cena?”

Pero no dije nada de eso; tomé aire y respondí.

—Ah, ah, ah. De acuerdo, ya entendí; abren a las seis y media. Bueno, gracias. Que pase buena tarde.

—De nada, igualmente. Los esperamos pronto.

Una vez terminada la llamada, mis dos acompañantes estaban muy divertidos con lo que el hombre me había dicho y con mi confusión.

—Caíste en tu propia trampa— nuestra amiga se reía. —¿Por qué no entendiste a la primera?

—Entendí mal, porque lo dijo mal. Cuando yo le pregunté que si abrían para la comida, él dijo que sí, pero hasta las seis y media. Me hizo pensar que cerraban a esa hora. Y además ¿por qué me dijo que sí abrían para la comida?

Aunque en México la comida tiene horarios insospechados y puede ser entre la una y las seis, la verdad es que si abren un restaurante a las seis y media de la tarde ya no es precisamente para “la comida”.

En fin, quizá no debería, pero te voy a dar un consejo. Mientras te encuentres bajo el cielo mexicano, puedes usar la palabra hasta como quieras. Sé libre; no te agobies por si es inicio, límite o fin de una acción. Pero si vas de viaje a países como España, Chile, Venezuela, Perú, Uruguay o Argentina, y quieres evitarte complicaciones, procura no usar la palabra hasta.

Cuando estés fuera de México, haz preguntas sin la preposición hasta:

“¿Cuándo llegas?” y “¿cuándo te vas?” En lugar de “¿hasta cuándo llegas?” y “¿hasta cuándo te vas?”.

“¿A qué hora cierran?”, “¿a qué hora abren?” y “¿a qué hora sale el autobús?” En vez de “¿hasta qué hora cierran?”, “¿hasta qué hora abren?” y “¿hasta qué hora sale el autobús?”

Si te hacen preguntas, responde sin usar hasta.

Si no eres de México y piensas visitarnos, ya te advertí cómo usamos esta palabra.

Te dejo una tarea para que te quedes pensando un rato en esto. En la siguiente canción de Juan Gabriel ¿qué significa hasta? ¿inicio o fin del sufrimiento?

“Hasta que te conocí,

vi la vida con dolor,

no te miento fui feliz,

aunque con muy poco amor…”

Tardes, ya son tardes

Es sábado. Te levantas sin prisa, cuando se te quita el sueño y te empiezan las ganas. Sientes que dormiste mucho. Comienzas tu rutina, pasan las horas y tienes la percepción de que te rinde la mañana. No has visto el reloj. Decides salir a caminar un poco. Te encuentras a una de tus vecinas. No tienes idea de cómo se llama. La saludas con esa media sonrisa que se da a los vecinos para expresarles con un gesto y dos palabras que no te interesa hacer amistad, pero que eres una persona educada.

—Buenas tardes— le dices.

—Días, todavía son días. Faltan cinco para las doce.— Te contesta más a modo de regaño que de saludo. Se va; te vas.

Es domingo, despiertas, no ves la hora, sientes que no has dormido, no tienes ganas de nada, pero necesitas salir a comprar algo. En la calle te encuentras a la vecina. Medio sonríes.

—Buenos días— la saludas.

—Tardes, ya son tardes.— Te corrige con una vocecita engorrosa, como diciéndote “¿te acabas de levantar, verdad?” Miras tu reloj. Son las 12 en punto.

¿Te ha pasado que en vez de contestar a tu saludo alguien te aclare que ya son tardes o todavía son días? Es extraño ese fanático rigor con la hora. Incluso, hay quienes después de saludar, se corrigen a sí mismos y hacen saber al interlocutor que se han dado cuenta de su error y lo reparan de inmediato con un “no, no, perdón, ya son tardes”.

Confieso que a veces digo buenos días o buenas tardes equivocándome a propósito, sólo para ver qué me contesta la gente. Los taxistas son los más obsesivos del tiempo. A veces, después de señalar mi equivocación, continúan su perorata con expresiones como “no, oiga, si de por sí el día no alcanza para nada y usted dice que ya son tardes”. Y de ahí se descosen contándome a qué hora se levantaron y todo lo que han hecho.

Haz la prueba; verás cómo no faltará quien te reclame porque no sabes en qué hora vives y te lo precise, como si al hacerlo realizara una gran proeza. A veces me quedo pensando qué sentirá quien te dice “tardes, ya son tardes”. ¿Llegará a su casa y tendrá un calendario en el que pega estrellas doradas cada vez que corrige a alguien porque se equivoca con los días y las tardes?

¿A partir de qué hora debes decir “buenas tardes”?

Cualquiera diría que a partir de las 12. Sin embargo, durante el mediodía podría crearse una confusión de palabras para expresar la hora. Hagamos un pequeño ejercicio. Imagina que eres locutor de radio y te toca decir la hora. Un minuto antes de tu intervención son las 11:59 a. m. y justo a las 12:00 tienes que decir la hora.

¿Cómo dices?

1. “Son las doce de la tarde”, porque tienes un trauma con tu vecina que te corrige como destornillada cuando te la encuentras a las 12:15 p. m. y después de decirle “buenos días”, ella con su sabiduría de manecilla segundera te dice, “ya son tardes”.

2. “Son las doce del día”, porque tú ves muy soleada y bonita la mañana y porque decir las “doce de la tarde” para ti es un sinsentido.

3. “Son las doce del mediodía”, porque te da por la exactitud y la prescripción, porque no es de día ni de tarde, sino justo el mediodía y dura poco, así que aprovechas para hacer alarde de tu conocimiento.

4. “Son las doce”, porque te parece obvio que quien te está escuchando sabe que no son de la noche, a no ser que haya un eclipse de sol y tu público apenas esté despertando.

¿Ves cómo no es simple? Vamos, tampoco es algo que quite el sueño pero son curiosidades en las palabras que a los lingüistas nos entretienen y nos colman de una rara felicidad. En inglés, la regla horaria del saludo es similar a la del español mexicano: good morning, antes de las 12:00, good afternoon para la tarde, good evening para la noche. Lo diferente es que hay una forma para despedirte si ya te vas a dormir: good night.

Para los saludos que implican un deseo de bienestar, algunos nos guiamos por la intensidad de la luz solar y eso nos hace decir que todavía son días, sobre todo si es fin de semana y abandonamos las sábanas a las 11:30 a. m.

En realidad, puede suceder que el horario de verano afecte la selección entre buenos días y buenas tardes. Entre abril y octubre, somos sometidos a un cambio en el reloj. Vivimos adelantados una hora. Aunque las manecillas marquen las 12:00, el sol no ha alcanzado su punto máximo y nuestros sentidos lo perciben. En esos meses, a las 13:00 es el momento en el que el sol está más cerca de su cénit. Siendo así ¿por qué ponerse intransigente si a las 12:30 alguien nos dice “buenos días” si en realidad es la frase adecuada dada la posición solar?

¿Y a qué hora las buenas tardes deben convertirse en buenas noches?

Dicen algunas fuentes que cuando ya está oscuro, pero no antes de las 20:00. Yo digo que cuando el sol ya se metió, independientemente de lo que marque el reloj, es técnicamente la noche. Así que si por el horario de verano a las 20:17 todavía hay luz solar, podemos decir “buenas tardes”, aunque en tu mente salga tu vecina en piyama y te diga “noches, ya son noches”. O al revés, es válido que durante el horario de invierno si a las 19:13 ya está totalmente oscuro digamos “buenas noches”.

Pero después de la noche empieza la madrugada. Casi nadie que siga cuerdo anda saludando gente después de las 12 de la noche. Pero ¿y si sí? ¿Qué dice? Para expresar la hora a esas indecibles horas decimos, por ejemplo, “son las tres de la mañana”. Pero si a las 2 a. m. tuvieras que saludar a alguien que no conoces ¿cómo dirías, buenos días o buenas noches? Quizá habría que analizar en la recepción de urgencias de un hospital o en un módulo de la procuraduría. Porque eso sí, el asunto puede ser sangrantemente urgente y doloroso, pero el mexicano saluda casi de manera general. Tal vez cuando alguien llega sin acompañantes a urgencias es diferente.

Imaginemos una emergencia en la madrugada. Digamos que a las 3:00 a. m. Con más angustia que histeria, llegas al hospital. Creo que no harías lo siguiente:

—Buenas noches ¿sería tan amable de atenderme, por favor? Fíjese que estoy vomitando muchí… ¡guuuuaaaaaj!— y dejas salir tus adentros.

A pesar de mi gusto por la cortesía, yo no me veo diciendo eso. Curiosamente, ni siquiera me imagino saludando a quien me reciba en el hospital. Un “hola ¿cómo está?” no denota emergencia. Por supuesto, no descarto la posibilidad de que haya personas que conserven el estilo en medio de un infarto. Sin embargo, sospecho que en esos contextos tiene más impacto la actitud desesperada.

En noviembre del año pasado pisé una sala de emergencias. Entré aullando, literalmente. Me hubiera gustado entrar como loba, una hembra sagaz, salvaje y segura de cada uno de sus pasos. Pero no podía caminar. Iba torcida; mis extremidades eran un caos motriz. Estaba como poseída por Pazuzu, igual que Linda Blair en Exorcista. Casi ni volteé a ver a quienes me sentaron en una silla de ruedas. Yo no hablé, era mi voz la que gritaba como nunca antes. Eran alrededor de las 13:30 y no recuerdo haberme preocupado por si eran días o eran tardes. No saludé a nadie. Claro que en cuanto me sentí bien, despedí con un agradecimiento de perro atropellado a la bendita desconocida que tan amablemente me tranquilizó y me acompañó al hospital.

El panorama de saludos cambia si tú llevas a alguien a una sala de urgencias. En ese contexto es casi obligatorio que hagas un despliegue reforzado de todas tus técnicas de cortesía para que lo atiendan bien y rápido, sobre todo si vas a un hospital público. Y ahí sí, o saludas con el buenas tardes y el buenos días, apegándote a la hora del reloj y le dices “señorita, por favor” con muchísima devoción y respeto a la señora mal encarada que te recibe o tendrás que esperar más mientras la emergencia empieza a convertirse en pérdida. Así es la vida, cuanto más necesitas algo más tienes que invertir, y estoy hablando de palabras.

La gente del campo no se complica. La noche se acaba con el cantar de los gallos y lo que diga el reloj no importa mucho.

No es de extrañarse que ante tanta necedad con si ya son días, tardes o noches, haya quienes prefieran reducir el saludo. Es una solución despreocupada, un tanto chapucera y alburera, pero simpática, decir “buenas”, como quien te sirve una caña en una barra del centro de Madrid.

Llenando espacios

Las palabras son mi vicio, mi pasión, mi oficio y mi vocación. Son poderosas, arteras, mañosas, divertidas, dulces, poéticas y prosaicas; a veces ácidas, violentas, groseras, rabiosas, tristes, salvajes, hilarantes, letales y banales. Son el material perfecto para llenar cualquier espacio y tienen vida propia. Me gusta jugar a ser la voz de sus vivencias y hablar de ellas como si no pudieran decir nada sobre sí mismas. Estos son relatos sobre palabras.